La encomienda

 

blog escrito por el cuasatar, 29 de may del 2020

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La encomienda - Dibujo creado por El Cuasatar
 

En los tiempos que corren en nuestro planeta por culpa del coronavirus, han hecho que muchas personas se hayan visto obligadas a tener que pedir más cosas a través de la red para suplir sus necesidades básicas y otras que no lo son tanto. La facilidad con la que uno se puede crear una cuenta de una tienda en línea, seleccionar los productos que desea y pagar su pedido, hará que mis lectores más jóvenes se queden anonadados por lo que a continuación leerán y lleguen a creer que lo que aquí se comenta, se trata de una completa mamadera de gallo.

En la época en que los dioses paganos mandaban el cotarro de nuestra civilización, existía un Amazon prehistórico, donde mis abuelos se las apañaban para enviar diversos productos a sus hijos, que habían migrado a la ciudad en busca de mejores oportunidades. Este singular sistema se conocía como la encomienda, el cual tenía como fin llevar las más curiosas viandas y productos de la tierra de nuestros padres a nuestros hogares, todo impulsado por el amor al terruño y sus exquisitos productos y que de alguna manera, nuestra generación no habría conocido de otra manera.

La encomienda ponía a prueba el ingenio de nuestros abuelos, ya que al igual que los muebles del IKEA, a ti te tocaba ensamblarla uniendo tú mismo todas las partes y lo peor de todo, sin guía de instrucciones. Lo primero que se debía hacer era conseguir la caja donde irían los productos. Para tal fin valía por igual una caja que previamente hubiera llevado galletas, equipos de sonido, computadores, detergentes o encomiendas previas. Para poder asegurarlas se hacía uso de toda clase de artilugios y maromas para evitar que la misma se abriera a mitad del camino y se desparramara. El uso de cintas, cabuyas, pitas y hasta amarres para el ser amado solían ser insuficientes, ya que en no pocas ocasiones la caja se podía llegar a abrir con el consiguiente dolor de cabeza para quienes la transportaban. Lo segundo que se debía hacer era marcarlas debidamente con los datos personales del remitente y destinatario. A diferencia de nuestros días donde toda la información se marca en delgadas y elegantes tirillas de envíos, muy bien mecanografiadas y legibles, las encomiendas se marcaban con marcadores felpen, que prometían marcar hasta por debajo del agua si fuera necesario. El que siempre llevaba las de perder en la casa, era aquel que tuviera mejor letra y lo ponían a marcar todas las encomiendas. Un número o palabra mal escrita o poco clara, podría llevar a que la encomienda jamás llegase a buen recaudo y fuera a dar a donde cristo perdió la alpargata.

Así como Amazon lleva un detalle de las cosas que usted solicitó, la encomienda no se quedaba atrás, el seguimiento satelital iniciaba cuando los parientes habían dejado la misma en la empresa transportadora y nos llamaban por teléfono para hacer un inventario pormenorizado de todos los productos que allí íbamos a encontrar. El motivo de hacer esto era porque era un secreto a voces que en ciertas ocasiones llegaban a saquear de manera parcial o total el contenido de las misma, para que en caso de ser necesario, se hiciera la respectiva denuncia del robo. A pesar de que el contenido de las mismas se podía asegurar, si por cualquier situación se llegaba a presentar un robo o, el proceso de denuncia y recuperación del valor monetario, podía llegar a convertirse en un trámite largo y dispendioso.

Si empacar su contenido era toda una odisea, desempacarla no era menos sencillo. Cada vez que llegaba una encomienda a la casa, uno debía prepararse a luchar con la caja por varios minutos, haciéndose con los servicios de bisturíes, cuchillos tacticos, katanas y demás armas cortopunzantes, para poder quitar ese anudado infernal.

Al momento de abrir la caja de la encomienda, su contenido podía ser tan variado como el bazar que flans visitaban en su ochentera canción. Ante nuestros ojos desfilaban los objetos más curiosos que uno pudiera imaginar. Las encomiendas más comunes en mi casa estaban relacionadas con comida, pero de igual forma se podían encontrar ropas, telas, adornos, juguetes y otras tantas curiosidades.

La comida merece un capítulo aparte, ya que eran las más codiciadas, tanto por nuestros padres como nosotros los más peques. Para los adultos significaba volver a recordar su niñez con las comidas de su tierra y para nosotros era un universo maravilloso, porque era la oportunidad para recordar que éramos hijos de migrantes y que teníamos parientes que a pesar de la distancia, no escatimaban esfuerzos en demostrarnos cuanto nos querían, mandandonos los más deliciosos manjares que podían existir sobre la faz de la tierra.

En una sola caja podíamos encontrar diversos alimentos como frutas, harinas, carnes, huevos, conservas, dulces y viandas propias de cada región. Para nosotros ya era normal que una caja al abrirse pudiera echarnos atrás por su olor, ya que al no encontrarse refrigerados los productos, muchos de estos empezaran su reacción química propia de los alimentos sin refrigerar, convirtiéndose en peligrosas armas químicas, si no llegaban a tiempo a su destino.

A través de la encomienda aprendí la importancia de usar objetos reciclados, sin lugar a dudas el que más recuerdo es el tarro de colcafé, ya que no solo era útil para conservar el café, sino otros productos como el suero, los bizcochuelos, las cocadas, entre otros. Durante muchos años me llegue a preguntar si a la gente en realidad le gustaba o no el colcafé o si lo único que les interesaba era comprar el producto, botar el café y así poder tener listo el frasco, para usarlo cuando tocara enviar una nueva encomienda.

Otro de sus rasgos llamativos es que la encomienda era algo similar a irse de tapas con los amigos, solo que en lugar de pedir cada uno un plato y comer por separado, las encomiendas normalmente solían estar destinadas para muchas familias y su contenido repartido. Encomienda que se respetara mandaba marcado al detalle uno a uno todos los productos para que el destinatario no tuviera que llamar a preguntar y generar trifulcas familiares por adueñarse de cosas que no le pertenecieran, de igual forma esto obligaba a que cuando llegaba la encomienda, el destinatario no solo llamaba a agradecer que había llegado la encomienda en buenas condiciones, sino que además llamaba a los demás beneficiarios de la misma, para que fueran a recoger sus cosas.

Sin lugar a dudas la encomienda hace parte de la generación de mis abuelos, mis padres y mis hermanos, aunque hace años que no he mandado ni recibido una, esa caja mágica marcó una época de nuestras vidas para siempre.