Manual para entender a un comentarista de fútbol

 

blog escrito por el cuasatar, 15 de ene del 2015

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Manual para entender a un comentarista de fútbol - Dibujo creado por El Cuasatar
 

Una de las profesiones más desagradecidas del planeta es sin lugar a dudas la de un comentarista de fútbol.  A los pobres se les echa la culpa de ser parcializados, imprecisos, incoherentes en sus apreciaciones entre otras tantas. He de reconocer que en ocasiones he puesto mi televisor sin volumen con el fin de no escuchar los improperios que suelen lanzar al aire y hacen que uno los quiera despescuezar sin piedad.

Sin embargo dentro de todos los comentarios que lanzan al aire no todos me parecen malos. Existen una serie de comentarios que aunque a los oídos de un ser humano promedio son una completa barbaridad para los amantes del balompié solo hacen parte de una vuelta de tuerca del idioma de Cervantes. Si bien nuestro amado creador del Quijote ya se las apañaba para buscar palabras rebuscadas en sus escritos los improperios lingüísticos de nuestros amigos narradores y comentadores no tienen que envidiarle a ninguna academia de la lengua, preguntándome en ocasiones si no se haría necesaria la creación de una nueva academia de la lengua futbolística.

El primero de los improperios lingüísticos se refiere al momento cumbre del fútbol en donde se golpea el balón con el fin de obtener un gol. A esta acción se le denomina de varias maneras. La primera que entraremos a estudiar es el famoso “guanabanazo”. Para los eruditos del Olaya el “guanabanazo” es un vil y brutal balonazo capaz de despeinar hasta una lombriz y dejar sin aliento a quien ose oponer resistencia con su cuerpo a la trayectoria de la esférica. Existiendo frutas tan dignas de un descalabro por su fuerte cubierta como lo son la sandía o la pepa de la guama no entiendo  porque la guanábana se ha ganado este puesto tan peleado dentro de la narración para describir un balonazo capaz de dejar sin aire al mismísimo Thor.

Siguiendo  con los remates del balón rumbo a la portería me llama la atención que se hagan “disparos al arco” como si se tratase de un pelotón de fusilamiento en donde el pobre arquero o guardameta provisto de unos guantes hace frente a los más violentos “cañonazos”.  Es en estos momentos en los que me pregunto si en realidad se está realizando una transmisión desde una cancha o se está transmitiendo desde una trinchera.

Cuando un jugador “cachetea”, “peina” o se “embolsa” un balón no sé si debo llamar a un policía, a un peluquero o a un reponedor de supermercado para que se apiade de la pobre “pecosa” y tome cartas en el asunto.

Cuando los goleadores en el fragor del juego empiezan a desperdiciar una o varias opciones de ir arriba en el marcador deben hacerse con una buena dosis de sal Eno o Lua para poder digerir todos los goles que se han “comido” y no terminar en urgencias con una fuerte indigestión por no poder saciar su hambre de gol. Es bastante penoso que alguien diga después de esta jugada “si la mete es gol”. Es bastante claro que este hombre duro años de profundos estudios e investigación para llegar a esta conclusión que el común de los mortales no alcanzamos a vislumbrar.

En ocasiones no me explico porque el balón debe ser enviado a la “olla”. Si bien los nuevos balones sintéticos son mucho más suaves que los antiguos de cuero, dudo mucho que los logren suavizar  si los mandan al fogón. Posiblemente los delanteros al “comerse” tantas oportunidades de gol esperan que al menos estas opciones sean bien condimentadas y sazonadas.

Pero la jerga de los comentaristas no solo se refiere a los tiros al arco, sino a otras acciones de juego. Una de ellas es la famosa “saltabilidad” del jugador, es decir la capacidad de un jugador de reacción de un salto y lograr ganarle la pelota a un adversario de manera similar como lo hacen los hermanos Korioto (Derrick). Si bien esta palabra es bastante utilizada en el argot de la educación física (no aceptada por la academia de la lengua) dudo mucho que el pase de un jugador se valorice por poseer mayor o menor “saltabilidad” para disputar un balón.

Cuando un equipo se ve sometido por su rival se tienen que quedar “sentados” e impávidos viendo cómo se los “bailan” sin necesidad de música o una pista de baile y les “rompen la cintura”, como si semejante humillación no fuera suficiente se ven expuestos a que si no cierran a tiempo sus piernas puedan llegar a ser  “ordeñados” quedando así sin leche y con la dignidad por los suelos.

El fútbol al ser un deporte de choque y contacto hace que sea bastante común que los delanteros en los tiros de esquina terminen “cargando” al arquero, procurándoles un gran dolor de espalda que los obligue a ir a un quiropráctico. De igual forma los “sándwiches” que se preparan en los encuentros a los jugadores en lugar de quitarles el hambre los dejan con un fuerte dolor en el cuerpo.

Dentro de la picaresca del fútbol también se rompen principios de la física y los jugadores se convierten en todos unos maestros en el arte de “hacer tiempo”, semejante artilugio que aun los ciudadanos de a pie no hemos podido descifrar para hacer que nos rinda el día.

Los suplentes de los equipos así no se hallen dentro del terreno de juego no dejan de ser considerados por los comentaristas en su narrativa y se preguntan durante la transmisión porque fulanito lo dejaron “banqueando” o “chupando banca”, elucubrando una teoría conspiratoria de porque el técnico le tiene manía y no lo pone a jugar.

Como lo pueden ver, esta rara jeringonza que solo la entendemos unos pocos iluminados amantes del fútbol hacen que las narraciones sean más amenas, dinámicas y llenas de pasión.